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12/3/2014
I love you, New York

I love you, New York

Una adolescente despacha botellines de cerveza a la entrada de un almacén destartalado mientras los músicos afinan los violines de la orquesta y los cantantes charlan con los espectadores antes del inicio de la función. Bienvenidos al peligroso barrio neoyorquino de Bushwick, donde casi nadie se atreve a deambular en esta noche de invierno y donde la joven compañía Loft Opera presenta este viernes su refrescante versión de \'La Bohème\'.

Aquí no hay palcos ni bises ni champán. Los espectadores se sientan en el suelo o en bancos de madera y los cantantes son jóvenes que aspiran a hacerse un hueco en el panorama lírico de Nueva York. La escenografía es sencilla e imaginativa y las voces suenan limpias y empastadas en un espacio coronado por un tejado de madera y unas vigas de metal.

La ciudad perdió en octubre a la New York City Opera, que quebró por los errores financieros de sus responsables y dejó a los melómanos neoyorquinos huérfanos de una compañía que programaba montajes cuya audacia no se ajustaba a los parámetros más convencionales de la Met. Pero el vacío empiezan a llenarlo agrupaciones originales como Loft o como la Gotham Chamber Opera, que representó \'Eliogabalo\' hace unos meses en una discoteca de Manhattan y estrenará en mayo una obra basada en \'El Cuervo\' de Edgar Allan Poe.

Es difícil imaginar las arias de \'La Bohème\' en una nave industrial de cualquier otra ciudad del mundo. Y no sólo por el espíritu emprendedor que ayudó a crear Loft Opera a principios de 2013. También por la disponibilidad de cantantes con talento como la soprano puertorriqueña Larisa Martínez o el tenor coreano Won Whi Choi. En otro lugar sería imposible reunir a un elenco similar en torno a un proyecto diferente. Aquí sobran los artistas y un público heterogéneo responde llenando el almacén.

Fenómenos como Loft Opera explican por qué Nueva York es aún la capital cultural del mundo. Un lugar especial que conserva su cetro pese a la pujanza de Londres y al encanto decadente de París.

Aquí se estrenan los mejores musicales, suenan las mejores orquestas sinfónicas y exponen artistas de prestigio cuyas obras se pueden contemplar en las galerías de Chelsea o en los grandes museos del Upper East Side. Pero lo que hace especial a esta ciudad no son los salones del Carnegie Hall o los 190.000 metros cuadrados del Metropolitan sino el talento desmedido de sus habitantes, capaz de transformar cualquier tarea cotidiana en una experiencia singular.

Uno de los mejores ejemplos es el músico sureño Colin Huggins, cuyo piano se escucha a menudo a la sombra de los robles de Washington Square. Huggins llegó a Nueva York en 2003 y durante años trabajó como acompañante de varias compañías de danza. Hace siete años alquiló una furgoneta y transportó su piano desde su apartamento en el vecindario de Bushwick hasta uno de los parques céntricos de la ciudad. En apenas unas horas sacó 200 dólares y se dio cuenta de que aquello era mucho más divertido que el ballet.

Huggins ha ido comprando un puñado de pianos de segunda mano que mantiene en varios guardamuebles de Manhattan y que saca a la calle cuando se lo permiten el viento, la nieve o el calor. Este fin de semana aprovechaba un respiro del invierno para interpretar a Philip Glass o Michael Nyman y vocear las bondades de su último CD.

Cualquier parque de Nueva York es un hervidero de músicos callejeros. Algunos aspiran a ganarse la vida tocando el acordeón o la trompeta pero también hay \'amateurs\'. Varias bandas acústicas se reúnen cada domingo en la pradera de Central Park y hace unos meses miles de espontáneos acariciaron las teclas de los 88 pianos de colores desperdigados por la ONG neoyorquina Sing for Hope.

Se antoja difícil encontrar una ciudad con una oferta gratuita similar. Aquí es posible contemplar las esculturas de la ribera del Hudson, escuchar las reflexiones de la historiadora Doris Kearns Goodwin o disfrutar de una comedia de Shakespeare en un teatro al aire libre de Central Park. El Lincoln Center ofrece entradas para rezagados que quieran ver estos días a Plácido Domingo por apenas 20 dólares y el club de jazz Smoke permite almorzar cada domingo escuchando la voz insinuante de la cantante negra Annette St. John.

Esa vocación democrática es uno de los rasgos que distingue la impronta cultural de Nueva York. La otra es quizá su capacidad de encontrar mecenas para explorar propuestas inimaginables en otras ciudades como convertir la cubierta del portaaviones Intrepid en un cine de verano, abrir un museo de objetos surrealistas en un montacargas de TriBeCa o construir un parque subterráneo en una estación de metro abandonada como proponen los impulsores de la Low Line.

Algunas iniciativas aprovechan la magnificencia del entorno para potenciar el impacto de un evento. El ábside románico de la iglesia segoviana de Fuentidueña de los Cloisters ha acogido varios conciertos de música antigua y hace unos meses un puñado de músicos europeos interpretaron melodías de compositores barrocos en salas del Metropolitan dedicadas a pintores de su país.

La gastronomía no es una excepción en este carácter creativo y democrático de la cultura neoyorquina. Hay lugares con solera como Le Bernardin, Masa o Per Se y hasta 65 restaurantes neoyorquinos acumulan 84 estrellas en la última edición de la Guía Michelin. Pero el instituto culinario francés ofrece los menús de sus jóvenes chefs por precios asequibles y hay manjares al alcance de cualquiera como los helados italianos de Grom, el capuchino de Blue Bottle Coffee, los perritos legendarios de Gray Papaya o las hamburguesas de Shake Shack.

Pocos lugares son tan especiales como la Bargemusic: una barcaza blanca anclada en un muelle de Brooklyn en cuyo interior forrado de caoba se celebran conciertos de música clásica al atardecer. Su impulsora fue la violinista judía Olga Bloom, que en 1976 adquirió una vieja embarcación decimonónica que durante décadas había transportado café por el río Hudson y la convirtió en uno de los salones musicales más acogedores de la ciudad.

Bloom falleció a los 92 años en noviembre de 2011 y su lugar lo ocupa desde hace años el violinista ruso Mark Pescanov, que recibe a espectadores deslumbrados por las vistas de los rascacielos y por el leve oleaje que complica la interpretación.

La bonanza económica de los últimos años ha complicado la vida a los artistas más jóvenes, que se quejan de los precios de los alquileres en barrios como Williamsburg o el Village, que han dejado de ser un refugio de bohemios y han perdido en cierto modo su razón de ser.

Y sin embargo Nueva York es aún un imán para cualquier creador que aspire a ganar el reconocimiento de sus coetáneos. Aquí se celebran muchas de las grandes subastas y tienen su sede museos importantes como el Guggenheim o el Whitney, que pronto se mudará a orillas del río Hudson y que estos días celebra su Bienal.

Para ver la Bienal no hace falta pagar entrada. Basta con dejar una donación para acceder a un catálogo que incluye una tienda de campaña de ganchillo de Joel Otterson, una revista gigante de Lisa Anne Auerbach y una instalación de Bjarne Melgaard que mezcla cojines con genitales estampados e imágenes bélicas de Afganistán.

Entre los nombres del Whitney hay artistas consagrados como Ken Lum o Charlemagne Palestine. Pero también jóvenes que llegan aquí "deseosos de tener suerte" como dejó escrito EB White en 1949 en el clásico \'Here is New York\'.

"La ciudad siempre está llena de devotos principiantes", dice el libro en unas frases que resumen muy bien el espíritu de sus calles. "Jóvenes actores, aspirantes a poetas, bailarinas, pintores, reporteros, cantantes. Cada uno tiene su propio establo de gigantes y cada uno depende de su propio tipo de bálsamo para sobrevivir".

Fuente: elmundo.es

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